Grupo de Lectura

“Macedonio Fernández: Pensamiento, Eternidad y Pasión”

Macedonio Fernández nació en Buenos Aires el 1 de junio de 1874 y murió en la misma ciudad el 10 de febrero de 1952.
Dueño de una escritura y un pensamiento que se despliegan gozosamente más allá de los límites habituales de la Literatura y la Filosofía, influyó notablemente en J. L. Borges, R. Scalabrini Ortiz y L. Marechal, entre otros intelectuales, durante la primera mitad del siglo pasado.
Sus textos, imposibles de encasillar, son hoy objeto de estudio en Europa, EEUU y gran parte de Latinoamérica.
Nuestro Grupo de Lectura abordará la obra metafísica de este genial escritor para, tal vez, encontrar en ella algunos senderos que nos conduzcan hasta el llamado Pensamiento Nacional.

Invitamos a todos aquellos que deseen participar de nuestras reuniones, que se desarrollarán los martes 7 y 21 de septiembre (a continuarse en octubre con fecha a convenir), de 19 a 21 hs., en la sede del SIESE “Manuel Ugarte”, Baigorrí 608 de barrio Alta Córdoba.

Para informes, comunicarse al teléfono (0351) 471-4837 o al correo electrónico
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Sugerimos a los interesados la lectura del libro “No toda es vigilia la de los ojos abiertos”, publicado por Editorial Corregidor.

“No concibo un instante de mi no-ser, de mi no-sentir; lo que soy, es decir mi sensibilidad, no empezó ni cesará ni se interrumpe un instante, ni se discontinuará nunca la identidad individual en mi memoria. Un tiempo sin mundo, el no ser del mundo, es una noción imposible.”

“La teoría de la Eternidad exige idóneos ejercicios de Emancipación de limitaciones absurdas.”

Macedonio Fernández

Roberto Miranda: "EL Pensamiento Soberano" (Reflexiones en un 20 de noviembre)

Cuando Jorge Luis Borges era otro y su pluma no dialogaba con quienes creían que el sol y la luna solamente salían en Europa, escribió un texto breve titulado “El tamaño de mi esperanza” (cuya lectura recomiendo fervientemente). Allí se lamentaba de la indigencia intelectual argentina en los siguientes términos: “Nuestra realidá vital es grandiosa y nuestra realidá pensada es mendiga”.

Estas palabras -escritas en 1926 por alguien que pocos años después se desentendería de nuestra realidá vital para internarse en exóticos laberintos donde hasta el pensamiento se extravía- suenan dramáticamente actuales, no obstante el tiempo transcurrido.

¿Qué argentino “culto” no ha experimentado, siquiera una vez, la sensación de estar habitando un territorio que le es absolutamente ajeno? ¿Quién, de esos argentinos, no está convencido de que el resto de sus compatriotas son bárbaros irrecuperables, pesados lastres que impiden el progreso de la Nación? En fin, ¿cuál de ellos no implora, una vez al día por lo menos, que el país que lo vio nacer se incorpore efectivamente al imperio de turno?

Ajenidad, prejuicio, mendicidad: los tres pilares sobre los que se asienta una mente colonizada; es decir, la mente que ha accedido a los “beneficios” de una instrucción (no educación) organizada para borrar todo vestigio genuinamente nacional. De tal suerte, el así instruido se cree culto, cuando en realidad no es más que un propalador de ideas nacidas y desarrolladas en culturas extrañas, totalmente legítimas, pero que repetidas aquí resultan absurdas, cuando no criminales.

Raúl Scalabrini Ortiz, quien, al revés de Borges, abandonó la “alta literatura” para dedicarse a pensar “en nacional”, escribía en 1940: “No podemos ser más inteligentes que nuestro medio sin ser perjudiciales a los que quisiéramos servir y a nosotros mismos. Valemos cuanto vale la realidad que nos circunda”. Pero el argentino “culto”, intoxicado por modelos que glorifican el esfuerzo y el sacrificio como únicas herramientas para el desarrollo, no puede menos que escandalizarse ante la siesta del santiagueño, la pachorra del serrano o el ensimismamiento casi metafísico del hombre del altiplano. Entonces, por simple asociación, concluye que nuestro atraso es consecuencia de una malformación espiritual que nos condena a ser algo así como subhumanos, incapaces de asumir un destino histórico propio, ni siquiera de concebirlo.

Lo que no comprende, lo que no puede comprender, es que Argentina no es Europa ni EEUU. Si desde niño ha sido instruido acerca de la superioridad angloeuropea; si el prócer Sarmiento (tan criollo como cualquiera) no se cansaba de despreciar al criollaje; si al prócer Mitre no le temblaba la mano a la hora de exterminarlo; si el país fue diseñado de acuerdo a los intereses que organizaron la instrucción que recibe, no hay manera de que pueda comprender.

Los trasplantes de corazón, hígado y riñones sirven, a veces, para salvar una vida. Los trasplantes culturales, en cambio, son mortales para quienes los reciben. Valemos cuanto vale la realidad que nos circunda. Es a partir de esa realidad, la nuestra, que debemos edificar un destino. Tal vez parezca anacrónico, sobre todo cuando la globalización decretada por el poder transnacional avasalla cualquier intento o experiencia independiente. Sin embargo, el solo hecho de que existan esos intentos, esas experiencias, indica que aún no está dicha la última palabra.

Partir de nuestra realidad implica, primero, conocerla. Y para conocerla es necesario descolonizar la mente, es decir, despojarla de esa instrucción que le ha forjado una especie de segunda naturaleza en total contradicción con su entorno. Segunda naturaleza que distorsiona la visión al punto de que no se ve lo que está y se ve lo que no ha estado nunca. La ficción es el hábitat del instruido, y en función de ella actúa, piensa y proyecta.

Corroer esa segunda naturaleza hasta su desaparición supone desaprender lo aprendido, desacostumbrarse a lo acostumbrado, deslegitimar lo legitimado. En una palabra: situarse fuera de la ficción que se ha sumido como real. Y desde ese “afuera” antes negado o ignorado -ese afuera que primero se presenta como una soledad insoportable, como lo desconocido-, ejercer una mirada implacable, aun contra el deslumbramiento que provoca lo “nuevo”.

La mente así descolonizada, recién entonces, puede comprender que el pensamiento es consecuencia de esa mirada “virgen”, y no el subproducto de lo que otros pensaron. Sólo en estas condiciones el pensamiento recupera su soberanía, asentado sobre una realidad también recuperada. Sólo de esta manera, no siendo “más inteligentes que nuestro medio”, “nuestra realidad pensada” dejará de ser mendiga.

Es responsabilidad de los intelectuales desterrar definitivamente la “intelligentzia” (“simple repetidora de envejecidas o exóticas afirmaciones dogmáticas, cuyo poder de convicción reside exclusivamente en el de la propaganda”, al decir de Arturo Jauretche) y ejercitar -sin ajenidad, prejuicios ni mendicidad- la inteligencia.

20 de noviembre de 2003